LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Rodolfo Cardenal S.I.
La Compañía de Jesús, cuyos miembros son mejor conocidos como jesuitas, fue fundada por San Ignacio de Loyola, en el siglo XVI. Iñigo López siguió la carrera de las armas hasta que una bala de cañón le rompió una pierna en el sitio de Pamplona. Mientras convalecía tuvo la primera de una serie de experiencias místicas que cambiaron su vida. Una muestra de esta transformación es el cambio de nombre. Leyendo vidas de santos pensó que no sólo debía imitarlos, sino superarlos en sus hazañas religiosas y sobre todo ascéticas. Restablecida su salud, abandonó la carrera de las armas y la vida noble, y se retiró a la soledad, donde en medio de privaciones físicas de toda clase, que lo llevaron al borde de la muerte y debilitaron su salud para el resto de su vida, experimentó la presencia de Dios.
De este intenso itinerario espiritual dan
testimonio dos textos del mismo San Ignacio. El primero de ellos es su autobiografía, en la cual muestra cómo Dios lo fue llevando desde Loyola a Roma, pasando por Jerusalén y varias ciudades europeas. El segundo, es el llamado libro de los ejercicios espirituales, donde anotó los pasos que dio para encontrar a Dios, para convertirse y dedicar su vida a la construcción de su reino. Este libro es el que sirve de guía a todos los jesuitas para recorrer en un mes intenso la experiencia mística de su autor.
Después de una larga y penosa experiencia de soledad y privaciones, San Ignacio decidió ir a Jerusalén, donde tuvo nuevas experiencias místicas, recorriendo los lugares en donde Jesús había vivido. Quiso quedarse permanentemente en los santos lugares, pero no se lo permitieron las autoridades del lugar. Regresó entonces a España y comenzó a comunicar su experiencia mística de conversión y dedicación al reino de Dios, es decir, dio los ejercicios espirituales a quienes como él también buscaban a Dios. Comprendió que para cumplir su misión necesitaba estudiar. Siendo ya un adulto, se sentó con los jovencitos que comenzaban a estudiar latín, quienes, por otro lado, se reían de su torpeza para los estudios. Luego inició estudios universitarios de filosofía. Mientras estudiaba, comunicó a otros su experiencia y reunió a un grupo de seguidores, pero las autoridades eclesiásticas sospecharon de él, porque era inusual que una persona sin muchos estudios y sobre todo sin ser clérigo hablara de una manera tan intensa y convincente de Dios. Varias veces estuvo en la cárcel y le abrieron proceso por heterodoxia. Convencido de que no lo dejarían estudiar en España, se trasladó a París, donde estudió teología y reunió el grupo de amigos que sería el núcleo de la nueva orden religiosa. De hecho, el grupo se consolida en París.
Terminado los estudios, el grupo decidió trasladarse a Jerusalén, entusiasmado, sin duda, por San Ignacio. Ahí pensaban dedicarse a atender a los peregrinos. La situación política de Europa no les permitió hacer el viaje. Entonces, San Ignacio decidió ordenarse sacerdote y, tal como lo habían previsto, se dirigieron a Roma, donde se pusieron a la disposición del Papa, para que éste los enviara allá donde fuera más necesario para la Iglesia. Mientras esperaban la misión del Papa, el grupo se dedicó a predicar y a atender a los pobres de la ciudad.
Por su parte, San Ignacio dio forma a lo que sería el documento fundacional de la Compañía de Jesús, sus constituciones. En sus partes más importantes quedó plasmado lo que debía ser el jesuita.
La idea fundamental del grupo, inculcada por Ignacio, era hacer aquello que fuera para la mayor gloria de Dios. Esto significaba que no harían cualquier cosa ni de cualquier manera, sino solamente aquello que hiciera presente de manera efectiva la salvación que Dios ofrece a la humanidad. Para ello había que contar con los medios mejores y más eficaces. San Ignacio era un hombre de grandes visiones y de grandes empresas, buscaba la excelencia en todo al mismo tiempo que combatía la mediocridad. Solía decir que el bien entre más universal es más divino. Este espíritu ignaciano de alguna manera ha permeado buena parte de la historia de los jesuitas y, ciertamente, es el que aparece en la imagen popular que se tiene de ellos como hombres inteligentes y muy preparados, por un lado, pero, por el otro, como intrigantes y conspiradores.
El espíritu ignaciano tomó cuerpo en dos maneras de ser. San Ignacio pensaba que si había que salvar a la humanidad, había que meterse en medio de ella, como fermento en la masa. Los jesuitas debían estar en el centro de las crisis y las luchas del mundo, iluminando y contribuyendo a resolverlos desde los criterios del evangelio. Por lo tanto, el jesuita no es un hombre alejado de la humanidad y sus problemas, sino todo lo contrario. Ahora bien, como la empresa es arriesgada, pensó que solamente después de muchos años de formación y probación, el jesuita estaría preparado para asumir los riesgos intrínsecos de esta tarea. Para San Ignacio, el jesuita formado debe ser un místico en la acción, es decir, puede encontrar a Dios en todas las cosas, por muy mundanas que éstas puedan ser. De ahí que la formación, además de prolongada, busque la excelencia en humanidades, filosofía, teología y en prácticamente todas las disciplinas humanas. Mientras avanza en el conocimiento, el jesuita debe madurar en su espiritualidad, para poder llegar a ser un contemplativo en la acción.
El jesuita, pues, es un religioso de frontera. Debe estar ahí donde la humanidad debate sus problemas principales. Recién fundada la Compañía de Jesús, los mejores jesuitas se dedicaron a combatir la reforma protestante y a misionar en los nuevos mundos recién descubiertos. En aquel entonces eran dos áreas de mucho interés para la Iglesia. En ambos campos introdujeron innovaciones importantes, especialmente en las misiones.
Desde su fundación, los jesuitas siempre han estado en las encrucijadas de la historia humana, incluidas las ciencias naturales. La educación en todos los niveles es una de las actividades predominantes en la Compañía de Jesús. La educación jesuítica se destaca por su humanismo y su apertura a todas las inquietudes humanas. Dos palabras resumen su labor educativa, solidez y apertura. Asimismo, estuvieron presente en las grandes crisis de la Iglesia y la humanidad. En la década de 1970, la Compañía de Jesús redefinió su misión en los términos siguientes: "Servicio a la fe y promover la justicia". No se puede predicar la fe en el Dios de Jesús sin al mismo tiempo promover la justicia. Dicho en otro términos, la fe exige obras y en un mundo donde priva la injusticia, la gran obra cristiana consiste en promover la justicia. En este contexto hay que situar la vida de los mártires de la UCA.
La Compañía de Jesús no siempre ha
sido fiel al espíritu ignaciano. En varios períodos de su historia se ha mundanizado, condescendiendo con los poderes de este mundo y asimilándose a ellos. En el siglo XVIII, la ambición de poder de algunos jesuitas generó un rechazo tal que los monarcas de Europa los expulsaron de sus reinos y, no contentos con ello, presionaron al Papa hasta que éste decidió suprimir a la Compañía de Jesús de la Iglesia. Así, los jesuitas salieron expulsados de Europa occidental y de América. En Guatemala tuvieron que abandonar uno de los centros de enseñanza más prestigiosos de la época colonial. Una parte de los jesuitas se dispersó, viviendo como sacerdote diocesano, pero otra encontró acogida en Rusia, cuya soberana estaba enemistada con los poderes europeos occidentales. En el siglo siguiente, el Papa restauró la Compañía de Jesús.
En Centroamérica experimentaron una segunda expulsión, la de los liberales de finales del siglo XIX. Primero fueron expulsados de Guatemala, donde se dedicaban a la enseñanza y a las misiones urbanas y rurales. Por influencia de Justo R. Barrios también fueron expulsados de El Salvador, donde tres jesuitas residentes en la capital se dedicaban a dar ejercicios espirituales y a predicar misiones en las zonas rurales del país. Nicaragua los acogió durante diez años, hasta que Barrios logró que el gobierno de este país también los expulsara. De manera parecida tuvieron que abandonar Costa Rica.
El grupo de jesuitas de Centroamérica se dispersó por América del Sur, aunque algunos se quedaron en Panamá. Los jesuitas regresaron a El Salvador en la segunda década de este siglo, invitados por el arzobispo de San Salvador y el presidente Carlos Meléndez para hacerse cargo de la formación del clero salvadoreño. Los jesuitas que vinieron procedían de México, donde la persecución religiosa hacía muy difícil su trabajo. Los jesuitas mexicanos se hicieron cargo del seminario que, en ese entonces, funcionaba en las
La formación jesuita, además de ser prolongada, busca la excelencia en humanidades, filosofía, teología y prácticamente en todas las disciplinas humanas.
dependencias de la antigua iglesia de San José. A petición de algunas familias adineradas, admitieron niños externos que, junto con los seminaristas, se beneficiaron de la educación jesuítica. Posteriormente, la sección de jóvenes externos se separó del Seminario, convir tiéndose en el Colegio Externado de San José. Los jesuitas comenzaron a buscar terrenos para construir el nuevo seminario y gracias a su tesón y a la colaboración de muchas personas pudieron construir el edificio donde
actualmente se encuentra el Seminario San José de la Montaña.
A lo largo de su historia, la Compañía de Jesús ha pagado un precio muy elevado al intentar cumplir con su misión. A muchos de sus miembros les han arrebatado la vida martirialmente. Algunos de estos mártires han sido oficialmente reconocidos por la Iglesia, pero la memoria de otros muchos es guardada con cariño y admiración por la Compañía de Jesús.